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La importancia del relato: hay algo que no es como me dicen

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Por Nuria Vicedo:

Se atribuye a Napoleón Bonaparte la reflexión “Una derrota contada con todo detalle es indistinguible de una victoria”. Siglos después, el infame Joseph Goebbels popularizó otra: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Quienes nos dedicamos al oficio de juntaletras – de una forma u otra –  y adoramos la palabra escrita somos muy conscientes de la importancia del relato. Eso que en este mundo globalizado y dependiente del inglés se conoce como ‘story-telling’.

No sólo qué se cuenta sino también cómo se cuenta, en qué contexto y recurriendo a qué recursos, afecta la forma en que un mensaje llega al lector, la forma en la que cala en un determinado grupo de personas, la forma en que se populariza y la forma en que, en ocasiones, pasa a la posteridad.

No he descubierto la penicilina, precisamente. Es cuestión de sentido común y de haber estudiado Periodismo. Pero llevo unos días percibiendo de forma muy más clara cómo la construcción de ese relato afecta a diversos ámbitos de la vida. Y especialmente en la imagen pública de las mujeres. Una opción sería el juicio paralelo que está viviendo una supuesta víctima de violación, a la que se cuestiona incluso más que a sus presuntos agresores.

Pero no es la primera vez que me pasa. Leer “Hay algo que no es como me dicen. El caso de Nevenka Fernández contra la realidad” de Juan José Millás ya me abrió los ojos cuando estudiaba sobre cómo es posible convertir a la víctima en verdugo. Y que el acoso, esta vez popular, la lleve a marcharse de España mientras su acosador condenado, Ismael Álvarez, retomaba su carrera política.

Esta vez, la chispa la ha encendido la biografía “María Antonieta, del esplendor a la tragedia” de Jean Chalon. Hasta antes de leerla, recordaba de María Antonieta poco más que su matrimonio con Luis XVI, que derrochó el erario público en vestidos, zapatos y plumas, que perdió la cabeza ante Madame Guillotine y que mandó a los pobres de París a comer pasteles si les faltaba el pan.

En el siglo XXI sería un atentado justificar los gastos desmesurados de la monarca francesa pero resulta curioso la facilidad de demonización que han vivido a lo largo de la historia las mujeres, y si eran poderosas y bellas, aún más. Baste como ejemplo que había nobles de la Corte – no así María Antonieta – que estrenaban 365 pares de zapatos al año. Versalles al parecer era un palacio tan sucio, que preferían estrenar zapatos cada día antes que limpiarlos.

Y que la participación de Francia en la guerra de la independencia de Estados Unidos – en contra de Inglaterra – abocó a la bancarrota unas finanzas ya exiguas, mucho más que las plumas de la Reina. Además, la terrible “Si no tienen pan, que coman pasteles” fue obra de una de las hermanas de Luis XV, abuelo de Luis XVI, madame Victoria.

Pero, como decía mi profesor de Historia de COU, el pueblo llano no sale a quemar palacios y a degollar nobles por las ideas ilustradas de la libertad, la igualdad y la fraternidad sino por hambre. Y cuando tus hijos lloran de hambre y tu propio estómago ruge de rabia, no es difícil encontrar brujas y demonios que llevar a la hoguera o a la guillotina. Sobre todo si hay a quien tiene mucho interés hacer caer la cuchilla.

“Ya no hay nada que pueda hacerme daño”, respondió María Antonieta, unos pocos días antes de morir, tras pasar días encerrada en la torre del Temple de París, de haber sido separada de sus hijos y tras haber oído el júbilo popular ante la ejecución de su marido. Esa dignidad ante la fatalidad lleva días rondándome. Quizá es que siempre me ha fascinado cómo se enfrentan las personas al fracaso, al dolor, a la muerte.

De la novela que me abrió la puertas de la literatura (“Peter tembló sólo una vez. Un momento después se hallaba de nuevo erguido sobre la roca, con el rostro iluminado por su linda sonrisa y un repiqueteo de alegres tambores en el alma. Aquel repiqueteo decía: ¡Morir será una gran aventura”, Peter Pan y Wendy” de James Barrie) a una de mis obras preferidas (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez).

También quienes ante una muerte segura, sólo necesitan conservar consigo el eco de las personas amadas que perdieron por el camino (Harry Potter y las reliquias de la muerte” de J. K. Rowling) y quienes recurren a la ironía, aunque sea fatalista: “Vinieron los sarracenos / Y nos molieron a palos / Que Dios ayuda a los malos / Cuando son más que los buenos”, que canturreaba por lo bajini el comandante del “Antilla”, Carlos de la Rocha, antes de entrar en batalla (Cabo Trafalgar”, Arturo Pérez Reverte).

Hay libros que aburren, otros que entretienen, otros que explican el mundo, otros que terminan por definir quién eres y los que te acompañan siempre, allá donde vayas, como tus recuerdos y tus fantasmas.

Porque, muchas veces, “nos vemos obligados a aceptar que existen ciertos tipos de magia y que la historia, la memoria y los fantasmas del pasado son tan tangibles como cualquier cosa que podamos coger con la mano”. Esta frase final no es mía, es de Meredith Grey. O, mejor dicho, de sus guionistas. Que son quienes escriben su relato.

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